Lectura uno. Fernando Escalante Gonzalbo, «El Estado neoliberal».
La idea central del capítulo cabe en una frase: el programa neoliberal necesita al Estado. Pero no un Estado que se haga a un lado, sino uno activo. Escalante lo dice así:
«Un Estado no puramente defensivo, sino activo, incluso beligerante, que sirva como instrumento en el proceso de privatización.»
Y agrega algo menos obvio: ese Estado debe funcionar según el mercado y, además, proteger al mercado de la inercia de las instituciones democráticas. Vamos por partes.
Primera tarea: blindar la economía frente a la democracia
La formulación clásica es de Friedrich Hayek. Su razonamiento tiene tres pasos. Primero: las mayorías no son confiables para proteger la libertad. Segundo: en una democracia, quienes pierden en el mercado querrán usar el poder político para redistribuir la riqueza. Y tercero: la competencia obliga a la mayoría a hacer cosas que le desagradan, como trabajar más o cambiar sus hábitos, y si puede, la mayoría se resistirá. La conclusión de Hayek es fuerte: una democracia ilimitada, es decir, una que puede intervenir en la economía, es incompatible con la libertad. ¿Cuál es la solución? Una constitución económica inalterable, que ponga las reglas básicas fuera del alcance de las mayorías. Escalante da dos ejemplos que hoy están en muchas constituciones: la obligación de un presupuesto equilibrado, con déficit cero o casi cero, y la autonomía del banco central, que controla la moneda y la inflación. Retén este ejemplo del presupuesto equilibrado, porque lo vas a volver a escuchar con Preterossi.
Segunda tarea: crear mercados
El Estado neoliberal crea mercados, y Escalante insiste en que hay que entenderlo literalmente. A veces basta con quitar una restricción, y bienes como el petróleo, las playas o incluso el cuerpo humano entran al mercado. Otras veces el Estado crea un mercado con sus propias compras. Y cuando privatiza servicios donde no puede haber competencia real, como el transporte urbano, la basura o las prisiones, lo que hace es simular un mercado en el que él es el único cliente. En salud y educación ocurre algo parecido, con vales o subsidios. La frase clave es esta:
«La competencia es posible porque el Estado fabrica la demanda.»
Tercera tarea: que el Estado funcione como empresa
Detrás de todo hay una profunda desconfianza hacia los funcionarios públicos. Margaret Thatcher sabía que el servicio civil británico sería un obstáculo. En 1982, su asesor John Hoskyns lo escribió en el llamado Reporte Westwell:
«Necesitaremos un poderoso cuadro de asesores especiales, que piensen en términos de mercado, para revertir el daño causado en los últimos treinta años por un establishment sometido al lavado de cerebro corporativista.»
En los años noventa esa mirada tomó forma en la Nueva Gestión Pública. Su premisa: no hay diferencias significativas entre administrar lo público y lo privado. De ahí sus recetas: liberar a los administradores del control político, evaluar por desempeño, adoptar un ethos de servicio al cliente, y acabar con las plazas fijas, el escalafón y el ascenso por antigüedad. Escalante señala la consecuencia: si la gestión privada es superior, el empresario parece superior al funcionario, y la mejor credencial para un cargo público termina siendo no haber ocupado ninguno antes. Lo mismo vale para la llamada gobernanza: un Estado facilitador, horizontal, que subcontrata y se asocia con empresas. El resultado es una visión despolitizada: el Estado como una empresa que ofrece servicios, y la representación como una simple agrupación de clientes. Pero ojo con la conclusión del autor: la burocracia no desaparece, se transforma. El poder del Estado se despliega, ahora, privatizado.
¿Cómo justificar al Estado sin interés público?
Aquí viene un problema teórico. Si no hay interés público, ni pueblo, ni nación, sino solo individuos que maximizan su utilidad, ¿cómo se explica el Estado? La respuesta neoliberal es identificar la política con el mercado. Escalante repasa a varios autores. Ludwig von Mises, en los años veinte, llamaba al capitalismo una democracia de los consumidores. Para Escalante, eso es pura retórica para disimular desigualdades. Joseph Schumpeter, en los cuarenta, invierte la idea: la democracia es como un mercado, con políticos que buscan votos como empresarios y electores que actúan como consumidores. Con eso, el interés público deja de ser necesario para explicar la política. Anthony Downs, en 1957, convierte la metáfora en modelo. Los votantes se ubican en un eje de izquierda a derecha. Si la mayoría se concentra en el centro, los partidos compiten por el centro y se moderan; si los votantes están en los extremos, el consenso se vuelve difícil. La crítica de Escalante es que, dados los supuestos, las conclusiones son siempre previsibles. George Stigler imagina la regulación como una subasta: los partidos venden paquetes regulatorios, y quien más invierte para influir suele ser el grupo regulado. Por eso, la regulación termina favoreciendo a los regulados. Escalante duda de que la política funcione así, pero reconoce que la utilidad ideológica del esquema es indudable.
Buchanan y Olson: el origen del Estado
James Buchanan, en Los límites de la libertad, de 1975, intenta explicar el origen del derecho como un contrato entre individuos egoístas. Su modelo: dos personas quieren el mismo bien escaso; ambas gastan en defenderlo, descubren que es un desperdicio y llegan a un acuerdo. Ahí nacerían los derechos de propiedad. La crítica: es puro modelo, sin ningún dato histórico. Y revela que el neoliberalismo justifica al Estado casi solo para proteger la propiedad y facilitar el intercambio. Mancur Olson, en Poder y prosperidad, del año 2000, imagina un bandido estacionario. Como tiene el monopolio del robo en un territorio, le conviene robar menos cada vez, para que sus víctimas sigan produciendo, y termina convertido en rey. Escalante desmonta el argumento por circular:
«Si suponemos un autócrata que tiene interés en limitar su pillaje, descubriremos que tiene interés en limitar su pillaje.»
Lo que queda es una imagen poderosa para el discurso neoliberal: el Estado como bandido y los impuestos como robo. Y otra conclusión discutible: que los países son ricos porque protegen los derechos individuales, cuando lo único que se observa es que ambas cosas van juntas.
Derecho espontáneo contra legislación
Hayek distingue entre un orden espontáneo, el cosmos, con normas generales que no persiguen un fin concreto, y un orden artificial, la taxis, hecho de órdenes con contenido concreto. Michael Oakeshott hace una distinción parecida: la nomocracia, que gobierna con normas generales, frente a la telocracia, que gobierna para lograr un fin, y cuyo ejemplo paradigmático es el Estado de Bienestar. Bruno Leoni lleva la idea más lejos: el derecho se descubre, por obra de los jueces; la legislación, en cambio, la impone una asamblea, y la compara con la planificación central soviética. Escalante responde que el argumento no tiene base histórica, y que Leoni pasa por alto que Roma y los países anglosajones, sus ejemplos de éxito, tenían esclavos y colonias.
Posner y la mano dura
Richard Posner, del programa Derecho y Economía, sostiene que la función primordial del derecho es generar riqueza. Por eso propone no limitar el financiamiento de las campañas, y ve las penas como precios: si sigue habiendo delitos, es que el precio es bajo. De ahí se pasa a la mano dura. Los neoliberales quieren recortar el gasto en todo, excepto en policía y prisiones. La idea es que el mercado da a cada quien lo que merece, y el delincuente se aprovecha. Además, rechazan la idea de que la sociedad sea, colectivamente, responsable del delito. El capítulo cierra con un rasgo sutil: la privatización del castigo. Durante siglos, el Estado expropió la venganza a las víctimas y la convirtió en un asunto público. Hoy, cuando los derechos de las víctimas van más allá de la reparación del daño, el castigo vuelve a ser una relación entre particulares.
Para cerrar, quédate con esto: el Estado neoliberal no es un Estado mínimo. Es un Estado que blinda al mercado, que fabrica mercados, que se gestiona como empresa, y que justifica su existencia, casi exclusivamente, por la propiedad y el intercambio.